Tras dormir como marmotas, al día siguiente desayunamos en el restaurante unos Chais y unas bolas de coco deliciosas, jamás las olvidaré!
De ahí nos fuimos a Dhammagiri, uno de los centros de Vipassana más grandes del mundo. Había un chico haciendo de voluntario y nos enseñó el centro, la energía que allí había era increíble.
Una vez hecho esto, decidimos volver al hotel, recoger nuestras cosas y partir a Nashik. Compramos un billete excesivamente barato, unas 60 rupias las dos. No pudimos entrar en los vagones que nos correspondían, cargadas con las mochilas, creo que hay que tener un gen especial para entrar ahí, así que nos quedamos en el espacio que hay entre vagones con algunos hindúes más. Vino el revisor y al mirar nuestros billetes, nos preguntó que a donde íbamos, dijimos Nashik y nos dejó estar ahí, total, era la siguiente parada. La cosa es que los billetes que teníamos eran de la clase más barata de todas, pero en ese vagón no entraba ni una mosca coja, y donde estábamos era de mayor categoría. Si nos llega a decir algo por eso, amablemente le hubiera dicho que me ayudara a entrar en el vagón correspondiente. Misión imposible.
Cuarenta minutos después aterrizábamos en la estación de Nashik, como
aún estábamos un poco verdes, cogimos un tuctuc en lugar del bus de línea, la
verdad es que ni se nos había ocurrido. Probamos un par de hoteles y nada, todo
lleno. Tampoco el conductor tenía mucha idea de dónde nos podíamos alojar. Con
lo que le dijimos que buscaríamos por nosotras mismas. Miramos la Lonely Planet
en nuestro móvil y decidimos ir al hotel Avisekh en Panchavati, la zona donde por lo que supimos
después se repartía el bacalao. Cogimos otro tuctuc, un señor mayor que nos
cuidó un montón, se paró a comprarnos coco y todo durante el trayecto.
Encontramos un hotel, limpio y barato por 435 rupias la
noche, cerca del lago sagrado y con un señor de la limpieza más gracioso que
Barragán.
La ciudad de Nashik tiene ciertamente una magia especial, la
gente es muy amable, no es un sitio turístico en absoluto, por lo que nos
observan con mucha curiosidad. No vimos en ninguna parte ningún restaurante que
no fuera vegetariano, aunque fuimos al Manás Restaurant durante nuestra
estancia en la ciudad, porque nos trataban fenomenal y la comida estaba
deliciosa.
Salimos a dar un paseo y casualmente, en una de las calles
cerca del hotel, nos encontramos con Carles! El chico con el que nos deberíamos
haber encontrado en Igatpuri. Fue muy guay!!! Un encuentro de lo más divertido.
Desde un par de metros nos miramos y dijimos: “Carles?” y su cara iluminada de
alegría, el pobre, queriendo estar acompañado desde Mumbai…. Una persona
encantadora, repleta de energía, una mirada limpia e ilusionante y muy muy muy
divertido.
Fuimos a que comiera algo y a pasar un poco de tiempo
sentados en los escalones del lago sagrado para terminar el día.



